AGARESO (Asociación Galega de Reporteiros Solidarios)

AGARESO EN CHERNÓBIL

Fotografías: Óscar Dacosta


Roi Palmás/ChernóbiL

Chernóbil no es ese profundo agujero rodeado de campos arrasados por una explosión nuclear que todos nos hemos imaginado alguna vez. De hecho, lo sorprendente es que no tiene nada que ver con eso porque es todavía más sobrecogedor. Quizás, si todo lo que se pudiese ver fuese la profundidad de una cavidad horadada en el suelo, la historia no sería como realmente fue:

A las 01:24 horas de la madrugada del 26 de abril de 1986 se declaró un incendio en el reactor número 4 de la central nuclear de Pripet, la ciudad modelo construida a los pies del imponente complejo generador de energía. Hoy en día, 23 años y medio después, sigue sin haber una versión oficial de lo que realmente ocurrió aquella noche y que definitivamente cambió el curso de la Historia y de la historia de muchas gentes. En aquella velada algo salió caprichosamente mal. La cubeta que debería haber girado correctamente para poner a salvo el material radioactivo se quedó a medio camino de completar el protocolo. Se supone que fue debido a un fallo en el mantenimiento y por ello los máximos responsables de la central fueron condenados a diez años de prisión, aunque no cumplieron la pena íntegramente.

Aquella noche los bomberos fueron los primeros en acceder al recinto. Su única protección fueron unas mascarillas que tapaban como podían las vías respiratorias, pero que les exponían sin remedio a la mayor radiación directa que posiblemente un ser humano haya podido experimentar. Un enorme monumento rinde tributo a estos héroes fallecidos bajo el lema “Dedicado a los que salvaron el mundo”.

A partir de ahí comenzó el caos. Todas las decisiones se tomaban desde Moscú. Un funcionario decidió establecer un perímetro de seguridad de 30 kilómetros a la redonda. Las carreteras que conectaban Pripet y Chernóbil con Kiev y otras poblaciones han quedado cortadas por el Gobierno desde entonces y salvo los que posean un permiso especial, el resto está obligado a dar un rodeo para poder visitar la zona.

En las jornadas siguientes a la catástrofe todo fueron informaciones erróneas y contradictorias. Desde el poder se intentaba poner calma entre la ciudadanía para que la opinión pública no diese la voz de alarma. Los dirigentes decían abiertamente que no había peligro real para la salud pero se apresuraban a exiliar a sus familiares a zonas alejadas. Cuando no hubo más remedio que reconocer públicamente la magnitud del siniestro, se procedió a la evacuación en bloque. Unas 200.000 personas de 94 poblaciones diferentes tuvieron que dejar toda su vida atrás de la noche a la mañana. Los edificios quedaron vacíos, las calles desiertas y todos los enseres tal y como habían sido utilizados por última vez.

El Gobierno recolocó a esta marabunta por toda la URSS, pero meses después, dos millares de vecinos de Chernóbil y las aldeas cercanas decidieron regresar por su cuenta y riesgo. Se negaban a vivir en la estepa cuando se habían acostumbrado a sus campos y sus animales. La radiación y sus peligros pareció ser lo de menos para ellos. Algunas aldeas estuvieron habitadas durante años por cinco o seis vecinos. Alguna, incluso, por un solo habitante.

A pesar de que está prohibido vivir en Chernóbil, el poder hace la vista gorda, especialmente el Ministerio de Situaciones Extremas, que es la máxima autoridad en la zona, aunque realmente les tiene completamente olvidados a su suerte. Una vez al mes un funcionario les lleva el correo y las pensiones que cobran. Cuando el tiempo lo permite (y en invierno nunca lo permite), un camión les vende víveres y bienes de primera necesidad y una vez al mes un autobús les permite acercarse a otros pueblos para ir al mercado. Así viven los que son conocidos como “los últimos mohicanos”.

Sensaciones

Viajar al epicentro del desastre supone un reto. De camino, una fría e incómoda bruma nos acompaña insistentemente. El camino es más tortuoso que largo. Apenas nos cruzamos con coches en dirección contraria y de pronto, descubrimos la barrera que indica que estamos a 30 kilómetros de distancia. El famoso perímetro de seguridad.

Como todo es nuevo, aunque realmente lleva años anquilosado, abrimos bien los ojos y sobre todo la mente. El final del otoño ayuda a que las imágenes sean más inhóspitas y más crudas. Árboles desnudos que forman auténticas selvas. Casas semiderruidas unas y muy deterioradas las demás. Extensiones de campos yermos y un ambiente plomizo, tanto en el suelo como en el aire.

De camino al reactor número 4 nos enseñan el cementerio de barcos, sobre el río. Toneladas de metal escorado flotando a duras penas para no hundirse del todo. A lo lejos, más barcos, y en el ambiente, sentimientos de pena y curiosidad por seguir averiguando detalles, a partes iguales.

Nos plantamos ante el famoso reactor. Un sarcófago de hormigón recubre como puede ese kilómetro cero que tantas vidas ha arruinado. Por fuera no impresiona tanto como debiera por su importancia pero nuestra osadía por estar más y más cerca pronto es reprendida por los guardias que vigilan los alrededores.

Nos vamos, lo dejamos atrás. Nos impiden filmar y fotografiar el resto de la central que todavía funciona y nos trasladan a Pripet.

Las calles están vacías. Los edificios tienen las puertas abiertas. Todo ha sido contaminado aunque ahora mismo no hay peligro real. Algunas fachadas están caídas y se puede ver el interior de las casas y los restaurantes sin necesidad de subir las escaleras. Cuando nos damos cuenta, lo único que se escucha es el ruido de cristales rompiéndose bajo nuestras botas. No hay gente, no hay animales, no queda ningún coche y nada funciona. Las goteras que poco a poco van inundando el bajo de la casa de la cultura pasan desapercibidas entre tanto desastre. Nos cuentan que hubo quien quiso (y logró) saquear todo aquello poco después del desastre. Ahora está prohibido tocar y mucho menos quedarse con algún recuerdo.

La sensación que tenemos es que el tiempo se ha detenido y que las manecillas de todo este gran reloj se han oxidado de no caminar. La noria ha quedado en la misma posición que tras su última vuelta. No hay nada. Solo unas bayas de color negro y otras de una atractiva tonalidad roja han querido demostrar que hay vida después de Chernóbil.

Para asimilarlo por completo hace falta tiempo. Los que han conocido Pripet antes de la contaminación masiva, probablemente necesiten algunos años más porque el pasado nada tiene que ver con lo que hoy en día sobrevive a duras penas en los alrededores.

Todo lo que rodea a Chernóbil está plagado de mitos y leyendas. Para empezar, contaremos que el guía que nos ha acompañado en la visita asegura que “si se acude en verano se le pueden echar migas de pan a los peces del río y hay algunos de más de dos metros de largo…” “¿Por la contaminación?”, dice. “No, es que está prohibido pescar aquí desde el 86” y se ríe…

Bromas al margen, es interesante observar cómo el inseparable medidor de radioactividad que siempre le acompaña varía sus registros a cada paso. El lugar más “sano” dentro del perímetro es la iglesia, la única que todavía funciona de las 16 que existían en los alrededores. En la base, el nivel de contaminación es 19, “igual que puede haber en el centro de Kiev”, nos dice. Durante la visita, en algunos momentos consultamos este particular oráculo. La oscilación entre las diferentes zonas es espectacular. Lo más peligroso, lo que no nos recomiendan, es pisar la vegetación del suelo. El consejo lo tomamos al pie de la letra cuando vemos que la pantalla refleja un nivel de más de 1.400 y más cuando nos avisan de que hay zonas en las que deben apagar estos medidores porque el índice es tan elevado que no lo soportan.

Nos interesamos por las enfermedades y problemas que ha acarreado este siniestro y nos dicen que el cáncer es la principal afectación. Sin embargo, tampoco en esto hay estadísticas. De hecho, hace once años nacía una niña en la zona. Los médicos vieron en ella el caso perfecto para estudiar los efectos de Chernóbil años después del desastre y no encontraron indicio alguno de estar contaminada. ¿Victoria? Puede ser, pero nadie se atreve a asegurar que sus hijos o incluso sus nietos no vayan a cargar en sus genes con la maldita herencia de aquella noche fatídica en la que todo cambió.

Es más, el 80% de los niños que nacen en este contexto lo hacen padeciendo cáncer y los 3.000 operarios que trabajan en labores de reconstrucción del sarcófago del reactor número 4 saben que la recta final de su vida está ya trazada.

Algunos datos de interés a tener en cuenta sobre todo este asunto es que el territorio contaminado se cifra en 2.600 kilómetros cuadrados, lo que equivale a toda la extensión de Luxemburgo; que alrededor de 10.000 coches y camiones de los que estaban aparcados o de los que fueron utilizados en los primeros momentos tras este particular cataclismo han tenido que ser desinfectados y enterrados en grandes cementerios no humanos; que el 80% de la contaminación que viaja hasta Kiev desde esta zona lo hace mediante el río Pripet, aunque también es cierto que se han detectado los efectos en latitudes tan alejadas como Noruega; que Chernóbil va a celebrar en breve su primer 1.000 cumpleaños y que su significado semántico se podría traducir por “hierba muy amarga”…

Los reactores números 5 y 6, que se estaban construyendo en el momento del desastre, se han quedado parados en aquel mismo estado. El tiempo de exposición de los trabajadores del complejo no puede ser prolongado. Así, los turnos son de lunes a jueves o bien durante 15 días para descansar otros 15 seguidos.

Hemos aprendido también que en Chernóbil no pueden vivir los menores de 18 años, por eso no hay guarderías, ni colegios ni parques. No hay hospital, solo ambulatorio. No hay juzgados ni cines pero si hay 2 hoteles. Y es que en lo que llevamos de 2009 han pasado a visitar este complejo unas 9.000 personas.

Además, nos ha sorprendido de manera especial el hecho de que la comunidad científica aconseje plantar árboles masivamente para reducir el impacto de la radiación, sobre todo ahora que se ha detectado la presencia de animales, preferentemente aves. que nunca antes habían vivido en estas zonas y que tras el desastre se han sentido atraídas por los alrededores. Tanto es así, que existe un proyecto de conformar un gran parque natural en pleno corazón de la zona contaminada más conocida en el mundo.

Para concluir este acercamiento diremos que la empresa Eco-Center toma muestras del aire, la tierra y el agua cada cuarto de hora y que actualmente se trabaja en la construcción de un nuevo sarcófago, de mayor envergadura que el existente, que permita de una vez por todas tratar y salvaguardar el exterior del reactor dañado del efecto de las 200 toneladas de material radioactivo que permanecen en el interior.

Aún se está a tiempo de aminorar los efectos y de comenzar de nuevo. No para todos porque cada una de las señales amarillas que hemos visto por el camino corresponden a aldeas que han sido sepultadas por el hombre bajo miles de toneladas de tierra y escombros, como la aldea de Kopachi, de la que sabemos el nombre por un viejo cartel que cuelga todavía a pie de la carretera.

A unos 150 kilómetros de distancia del centro de Kiev se sitúa Chernóbil en dirección Norte y a unos escasos 10 kilómetros de Bielorrusia. Ahí, precisamente ahí, es donde hace ahora casi 24 años ocurrió lo que nunca tendría que haber ocurrido. Como reflexión final dejamos un dato en el aire: De entre todos los elementos químicos con los que se trabaja en Chernóbil hay tres que por su índice de contaminación están considerados como los más peligrosos para el ser humano: el Cesio, el Estroncio y el Plutonio. El Cesio y el Estroncio tardan unos 28 años en desaparecer del organismo. El Plutonio, tarda un poco más… unos 7.000 años.

 


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